Libertad a medias
Estoy convencido de que la libertad es un invento del ser humano, y no se puede entender sin el contexto social. No sería necesario pensar hondamente en el concepto de «libertad» si fuésemos pequeños grupos nómadas con escasas reglas de convivencia. Aún sería absurdo pensar en libertad si la humanidad estuviera reducida a un puñado de seres salpicados por aquí y por allá en esta grande tierra. La libertad no es necesaria si no existen otros seres, aparte de uno mismo, que interactúan con uno y entre sí.
Ahora bien, hagamos un ejercicio a manera de experimento. Imaginemos que estamos en un mundo primitivo y que no somos seres sociales, que no hay mas reglas que aquellas que la naturaleza impone. A muchos no les gustará el término, pero pensemos que somos como animales para complementar la idea y entender el ejercicio de comportarnos primitivamente. En este estado, acuñar el concepto de libertad coincidiría mas con una sensación de autosatisfacción al intentar cubrir nuestras necesidades: moverse de un lado a otro, alimentarnos, agarrar cuanta cosa esté a nuestro alcance para hacer con ella algo o quedárnosla, dormir y descansar cuando así nos sea necesario, hablar de lo que sea, escojer o rechazar una pareja, reproducirnos, etc. En pocas palabras traslademos ese sentir de satisfacción que surge de poder hacer lo que necesitemos sin restricción. No pensemos en moral, recordemos que este experimento no incluye reglas sociales. Sólo hay una regla: «para poder vivir hay que dejar vivir». Si tuviésemos la necesidad de alimentarnos sería necesario comerse una planta, una fruta o bien un animalillo despistado, sin contar que podríamos, en nuestro propio despiste, ser el almuerzo de otros. Pero no habría otro motivo para fastidiar nuestro entorno mas que ese, porque la única forma de cubrir las necesidades y ser libres es no romper esa regla de aritmética simple: «para poder vivir hay que dejar vivir» porque no nos queda de otra. Rompe esa regla y pronto dejarás de existir, si no tú, tu descendencia. ¿Ya comienzan a sentir alguna empatía con el resto de los animales?.
El punto que quiero abordar es que esta libertad primitiva, que por un momento concebimos al hacer el ingenuo ejercicio de ubicarnos en un ambiente primitivo y sin reglas sociales, es una libertad que no podríamos imaginar (como concepto) de no ser parte de una sociedad compleja donde los recursos son limitados y la satisfacción de necesidades se multiplica por el número de personas; la realidad es que resulta difícil (si no imposible) concebir ideas a partir de contextos ajenos (tono irónico). Pero ¿porqué habría de sernos ajeno un contexto en el cual evolucionamos? Podemos al día de hoy conjeturar sobre lo que fue la libertad cuando la humanidad comenzó su viaje evolutivo como especie social, de hecho si siguieron el ejercicio lo acabamos de hacer. ¿Ya están en sintonía?.
La libertad primitiva no debería ser en sustancia diferente a los principios de libertad que creemos ejercer hoy en día bajo nuestro contexto de complejidad social, salvo las añadiduras que ahora conocemos como leyes. ¿Porqué? Porque la máxima de «vive y deja vivir» es una constante que no tiene que ver con la complejidad de la sociedad, tiene que ver con la realidad natural, esa que existe a pesar de religiones, ideologías y políticas. Y esa máxima, aunque los animales no la pueden decir, si la saben, y si no están concientes de ella (pues ni siquiera sabemos en qué consiste la conciencia humana) aún así la aplican. Pero la realidad actual apunta a que la libertad del hombre (o bien su libertad desde el contexto social) rompe a cada minuto y desde hace muchos cientos de años esta máxima que ha permitido a las especies del planeta vivir y evolucionar durante cientos de millones de años.
¿Porqué el ser humano se empeña en creer que su libertad es la única libertad posible? La libertad posible es aquella que puede ejercerse efectivamente entre iguales. Pero es ahora cuando el ser humano se ha empeñado en distanciarse del resto de los seres vivos tan sólo por un simple hecho: vivimos pero no dejamos vivir. Observemos las huellas ambientales que dejan a su paso nuestras civilizaciones y veremos qué poco nos importa el mundo que nos sostiene. Vivimos una libertad a medias. Insisto, la cosa pública no puede hablar de libertad (ni ejercerla plenamente) si no se ocupa de aquello que le sostiene y cobija: el resto de los seres vivos.


